No comparto los argumentos que llevan a Lucía Etxebarría a dejar de escribir novelas. No creo que la manera de combatir la piratería sea dejar de publicar. Pero respeto su decisión, es su trabajo y puede hacer con él lo que le plazca.
Es natural que sus razones despierten opiniones contrarias, que haya controversia, incluso discusiones acaloradas. Pero lo que no entiendo es que para expresar el desacuerdo haya que recurrir al insulto, a la grosería, a la descalificación y a la violencia verbal.
Me dicen que de qué me extraño, que por qué me altero, si el debate de la Etxebarría es de patio de parvulitos comparado con otros que se despliegan en redes sociales, o con los que nos regala cada día la televisión, que cualquier día sustituirán los platós por cuadriláteros, para que los contertulios se arreen de verdad. Y eso que son contertulios, que a saber qué pasaría si fueran enemigos. Quizá la gente imita en las redes sociales lo que ve en la tele. Quizá se hace en la tele lo que, a falta de programa, se haría en las redes sociales. No es éste lugar para semejante debate sociológico.
Pero sí, la mala baba me produce rechazo. Y la agresividad injustificada. Y la mala educación. Y la falta de cortesía. Es la cara oscura de las redes sociales, la que convierte la conversación en confrontación, la que envalentona a decir lo que nunca se diría a la cara, la que saca lo peor de las personas y las transmuta.
Triste cara oscura que resta fundamento incluso a las opiniones mejor fundamentadas.

