Análisis y reflexiones sobre la industria del libro, por Arantxa Mellado

Insistiendo en los derechos de los lectores de libros digitales

19 de noviembre de 2012
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Los lectores queremos usar y disponer de nuestros libros digitales de forma análoga a como usamos y disponemos de nuestros libros en papel. Tenemos derecho a ello.

 

Llevo años escribiendo sobre edición digital, desde que abrí este blog en octubre de 2007. Desde entonces he probado casi todas las aplicaciones de lectura, modelos de librería digital y formas de acceso a los libros on line.

Mi primer ereader fue un Papyre que me regaló Juan González de la Cámara y que llevaba cargados cientos de novelas libres de derechos. Recuerdo haber pasado más de una hora tratando de comprar un libro en su librería e intentando luego la descarga en el aparato. Desalentada, no compré ninguno más, aunque no perdí la fe en que ésa sería la edición del futuro, y me di el gustazo de releer algunos clásicos del romanticismo español en una pantalla de tinta electrónica.

En 2010 me compré un iPad de primera generación, un “incunable”, sin cámara ni conexión 3G, y conforme iban saliendo aplicaciones de lectura yo las iba instalando y probando: Bluefire, Stanza, iFlow Reader, txtr, iBooks, Calibre, Leqtor, Kindle, Todoebook, Nook, Popular eBooks24symbols, Fnac ebook, Copia, Booquo reader, Kobo, Casa del libro, LiberDrac, Google Play… Las probaba —y las pruebo— con los libros gratuitos que todas ofrecen (siempre empiezo con Emma y Pride and Prejudice, de Jane Austen) y si quería profundizar para poder hacer una crítica, comprando novelas en las librerías digitales que casi todas contienen. Esto quiere decir que tengo muchos libros y muchos accesos a libros en la nube diseminados por todo mi iPad.

En diciembre de 2011 le regalé un Kindle a mi hijo pequeño. Yo ya compraba y leía libros Kindle a través de la aplicación del iPad, por lo que podía aprovechar la cuenta y trasladar los libros comprados en Amazon al ereader, y además quería experimentar si leer en digital le motivaba a leer más. El éxito en mi casa de la lectura digital fue tan grande que el pasado junio compre otro aparato en Nueva York y abrí una cuenta americana, para poder comparar cómo se desarrolla Amazon.es respecto a Amazon.com. Sin embargo, un Kindle sólo puede estar ligado a una cuenta, así que no puedo compartir con mis hijos (que usan el aparato ligado a la cuenta .es) los libros que compro con la cuenta .com. Y tampoco puedo compartir con ellos los libros que he comprado en otras aplicaciones y librerías digitales.

 

Por un uso y gestión libres de nuestra biblioteca digital

Esta larga introducción sirve para ilustrar el problema con el que muchísimos lectores nos encontramos: tenemos multitud de libros digitales repartidos entre varias aplicaciones de lectura, en diferentes formatos y sin la posibilidad de poder reunirlos en una sola biblioteca virtual. No podemos ordenar nuestros libros, no podemos verlos juntos en una sola pantalla, no podemos leerlos todos en el mismo ereader (no confundir con tablet) o en la misma aplicación de lectura, no podemos compartirlos: el DRM y los formatos propietarios nos lo impiden.

La solución sería sencilla si los libros no estuvieran protegidos y bloqueados, empezarían a surgir decenas de aplicaciones para facilitarnos la tarea de ordenar y clasificar nuestra biblioteca digital. Pero el miedo de los editores a la piratería bloquea los libros mediante sistemas de DRM, y cuando ellos no lo hacen son las grandes librerías las que convierten al cliente en «cautivo» de sus sistemas mediante formatos propietarios y DRM propios.

Así pues, a los lectores se nos niega el derecho a tener nuestros libros digitales en una única biblioteca. A los lectores se nos niega el derecho a poder utilizar un mismo dispositivo de lectura para todos nuestros libros digitales, con independencia de dónde los compremos. Y lo peor de todo es que a los lectores tampoco se nos reconoce el derecho en sentido amplio a la propiedad de los archivos comprados.

Por supuesto, existen formas sencillas de romper esas ataduras tecnológicas, y las considero absolutamente legítimas cuando se hacen con un fin no lucrativo y de consumo propio. Pero de lo que se trata es de acabar con las limitaciones a la libre disposición y uso de nuestros libros digitales.

Los lectores queremos usar y disponer de nuestros libros digitales de forma análoga a como usamos y disponemos de nuestros libros en papel. Tenemos derecho a ello. ¿Hasta cuándo se abusará de nuestra paciencia?

 

 

 

 

Arantxa Mellado Bataller
Consultora editorial